Cuerpos y territorios en resistencia

Mujeres indígenas chiquitanas sosteniendo la memoria común de sus tierras: Una lectura de Silvia Federici y la política de los comunes desde la Chiquitanía boliviana 

Escrito por Adriana Carolina Benitez Ballivián

Más de 12 millones de hectáreas quemadas, familias enteras desplazadas de sus zonas de origen, y mujeres que han tenido que reconstruir sus hogares y sus comunidades desde las cenizas. El 2024, el bosque Chiquitano en el oriente de Bolivia se enfrentó al peor desastre ambiental de su historia, debido a los incendios forestales que destruyeron todo a su paso.

Cuando nuestras tierras arden, nuestros espacios comunes también lo hacen. El fuego no amenazó solamente a nuestros bosques, sino también a todos los saberes ancestrales que han sido la base de las comunidades indígenas que persisten frente a los peligros extractivistas y mercantilistas cada vez más latentes.

Foto: Maicol Albert

En este escenario, hablar de “lo común” deja de ser una categoría teórica y se vuelve una experiencia concreta de pérdida y de lucha. No se queman únicamente árboles o viviendas: se interrumpen circuitos de cuidado, formas de producir alimento, prácticas espirituales y vínculos comunitarios que sostienen la vida cotidiana. Lo común, entonces, no es solo aquello que pertenece a todos, sino aquello que hace posible que una comunidad exista como tal. Cuando el fuego arrasa, lo que queda en pie no es únicamente la tierra, sino las personas que siguen organizándose para habitarla.

La región de la Chiquitanía, cada vez más amenazada por la expansión de la frontera agrícola y por los avasallamientos, es el hogar de más de 1.200 especies de animales, más de 50 especies endémicas de flora de la zona, y más de 100 comunidades indígenas. Esta región prevalece en el tiempo y espacio como un bastión de la lucha medioambiental, y la lucha por los derechos de las comunidades y mujeres indígenas. 

En este contexto, desde Latinas por el Clima proponemos una lectura dela política de los comunes, de la filósofa italiana Silvia Federici, sobre lo que ha sido el peor desastre ambiental que ha enfrentado Bolivia en los últimos 20 años. Situamos a las mujeres indígenas chiquitanas como las que resisten y resguardan su historia y su memoria colectiva frente a una agroindustria cada vez más invasiva, instituciones cómplices y asentamientos ilegales y violentos. 

En nuestro camino hacia el 8 de marzo, rescatamos la importancia de traer a flote el papel que juegan las mujeres como guardianas de sus territorios a lo largo y ancho de América Latina. Instamos a dialogar y visibilizar su accionar como elemento central en la lucha por proteger a nuestros bosques, nuestros animales y nuestra cultura milenaria

  • La política de los comunes de Silvia Federici


En su libro “Reencantar el Mundo: El feminismo y la política de los comunes”, Federici argumenta sobre la importancia de los comunes, como espacios para hacerle frente a las relaciones comerciales que alimentan estructuras divididas y desiguales; y que a su vez afectan con mayor agudeza a las mujeres indígenas y racializadas. En esta lógica, los espacios comunes son entendidos como una forma de reivindicar todo aquello que es nuestro, son una forma de resistencia frente a un escenario cada vez más fragmentado, consumista e individualista. 

Federici plantea que es importante entender a los comunes como “espacios autónomos y de propiedad compartida” que NO están a la venta. En este sentido, su construcción se basa en relaciones sociales, no relaciones mercantilizadas. Por este mismo motivo, requieren de una dinámica de comunidad, en la que debería primar un interés común respecto a los diferentes aspectos reproductivos y productivos de la vida cotidiana. Se habla entonces de poner al centro de todo, el bienestar colectivo.

En territorios indígenas como la Chiquitanía, estas ideas no se viven como propuestas alternativas, sino como prácticas históricas que han permitido la supervivencia frente a múltiples formas de despojo. Compartir el monte, el agua o el conocimiento no responde únicamente a una lógica económica, sino a una concepción relacional del territorio, donde la vida humana está entrelazada con la de los animales, las plantas y los ancestros.

Ahora bien, es pertinente preguntarse ¿qué papel ocupan las mujeres en estos comunes? 

Históricamente, las mujeres han ocupado el centro de las actividades reproductivas en las comunidades, lo cual ha ocasionado que dependan en mayor medida de los recursos comunes (tierra, agua, alimento, etc.); y por ende, que en situaciones de emergencias ambientales, ellas sean las más afectadas. Así, las mujeres han construido sus propias formas de colectivizar este trabajo que se les ha asignado solamente por la prevalencia de roles y estereotipos de género sostenidos en una estructura patriarcal.

Desde lo común y lo colectivo, las mujeres han logrado reducir costos reproductivos y de cuidado, han encontrado la forma de hacerle frente a situaciones de pobreza y vulnerabilidad, se han acompañado en contextos de violencia y de despojo. Mediante ollas comunes; organizaciones y sindicatos de emprendedoras, productoras y madres; y promotoras en contra de la violencia; ellas han formado una identidad basada en la resistencia colectiva frente a la mercantilización de sus cuerpos, recursos y tierras. 

Foto: WWF - Bolivia

Las experiencias de las mujeres chiquitanas muestran cómo estas dinámicas se materializan en prácticas concretas de organización económica y defensa del bosque. Lejos de ser únicamente beneficiarias de proyectos o políticas, ellas producen conocimiento, sostienen redes de intercambio y generan alternativas de subsistencia que dependen directamente de la salud del territorio.

María Antonia Castedo, más conocida como Chachi, nació en la comunidad Ipias, del municipio de San José de Chiquitos, Santa Cruz, donde vive actualmente. (…). Actualmente, tiene el cargo de Presidenta de la “Asociación de productores árbol de la vida Ipias” y también es Presidenta del grupo de mujeres de la comunidad. El mayor reto para Chachi como presidenta es que su producto se venda, salen a ferias para promocionarlo, dejan en farmacias del Municipio de San José de Chiquitos, hacen acuerdos con otras asociaciones, ven que la gente no lo conoce: ‘en las ferias le explicamos a la gente los beneficios del pesoé, hacemos intercambio con Yororobá, ellas nos dan su aceite de copaibo para comercializar y nosotros le damos el nuestro, así promocionamos en Roboré… Necesitamos más apoyo, más difusión de la medicina’.
— María Antonia Castedo, mujer líderesa y emprendedora de de San José de Chiquitos. Fundación Amigos de la Naturaleza. 2025. Mujeres que cuidan el bosque. Editorial FAN. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.
Yuliana Chamo, es una mujer joven, amable y risueña, vive actualmente con su marido y su pequeña hija de siete años en la comunidad Taperas del municipio de San José de Chiquitos, Santa Cruz. (…): ‘Nuestro sueño es llegar a tener nuestro centro de acopio, donde podamos comprar hartas almendras, recolectar y dar trabajo a la gente, que sea una empresa grande, que el nombre de mi comunidad San Ceferino este en alto en todo el país y que nosotros mismos lo estemos administrando, dando trabajo a los comunarios para que puedan sostenerse’.
— Yuliana Chamo, mujer líderesa y emprendedora de San José de Chiquitos. Fundación Amigos de la Naturaleza. 2025. Mujeres que cuidan el bosque. Editorial FAN. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Historias como las de María Antonia y Yuliana, son solamente algunas de las experiencias que visibilizan cómo las mujeres de comunidades indígenas forjan caminos de aprendizaje y resiliencia de la mano de sus recursos, de sus comunidades, de sus comunes. No es posible percibir el desarrollo comunitario sin reivindicar los cuerpos de las mujeres y sin sus territorios como espacios de libertad y de toma de decisión. 

Así, vemos la importancia de politizar lo común, politizar lo reproductivo, politizar el cuidado. Porque politizar estas cuestiones, nos permite problematizar nociones patriarcales y extractivistas que facilitan la explotación de nuestros cuerpos y nuestros territorios. Las mujeres indígenas chiquitanas no son solamente “las encargadas del cuidado de la comunidad”, las mujeres chiquitanas son quienes sostienen su memoria y su espacio comun, incluso cuando todo parece estar perdido, o bien quemado

·       Las mujeres indígenas chiquitanas que sostienen lo común en la crisis 

Cuando el fuego cesa, el humo se desvanece y los sonidos del bosque desaparecen ¿qué es lo que queda? Ellas. Las mujeres indígenas chiquitanas saben que no se puede reconstruir lo común, la comunidad, desde la individualidad. Ellas señalan que sus territorios son una extensión de sus cuerpos; y por ende, reconocen que mercantilizar sus recursos es sinónimo de violentar sus cuerpos, sus hogares y sus medios de vida.

Foto: Documental “Mi Cuerpo, Mi Territorio”

Esta relación no es únicamente simbólica. Cuando el territorio se degrada, cambian las condiciones materiales de la vida cotidiana: escasea el agua, se encarecen los alimentos, aumenta el trabajo de cuidado y se profundizan las violencias. El cuerpo femenino se convierte entonces en el primer espacio donde se inscriben los efectos de la crisis ambiental. Defender el territorio implica también defender la posibilidad de vivir con dignidad, salud y autonomía.

Los incendios forestales que azotan a Bolivia año tras año son el resultado de una política extractivista instaurada y mercantilizada por gobiernos e industrias que priorizan la ganancia antes que la vida. Y es precisamente frente a esto que las mujeres se posicionan como el centro de todo lo que se busca proteger: sus cuerpos, sus familias, sus saberes y su cultura, sus bosques, sus frutos, sus animales.

  • ¿Cómo resisten las mujeres indígenas chiquitanas?

Que las mujeres sean libres, sean escuchadas. Que ocupen cargos en su comunidad. Nosotras como organización de mujeres, trabajamos para que hayan promotoras comunitarias al cuidado del bosque. Con mis años, no sé si podré llegar más adelante (…). Soy vieja, pero mi corazón es joven
— Mujer lideresa Chiquitana. Documental “Mi Cuerpo, Mi Territorio”, Revista Nómadas

En la Chiquitanía, las mujeres resisten desde la organización, desde el aprendizaje. Rescatar a la cultura chiquitana, rescatar los saberes ancestrales y rescatar al bosque, van de la mano. Las mujeres, desde su diversidad, han asumido papeles de liderazgo, representación y emprendimiento en un escenario en el que quedaban casi solo cenizas. Ellas siguen contando sus historias, aprovechando de manera sostenible sus frutos, y alzando las voces por sus cuerpos, sus derechos, y sus tierras. 

Mi sueño es que las mujeres estén empoderadas, que las mujeres sepan defender sus derechos. Que ya no sean atropelladas, estropeadas, humilladas. Me gustaría ir enseñando lo que uno aprende, poniendo en práctica todo lo que he aprendido, para que hayan nuevas líderes (…)
— Mujer lideresa Chiquitana. Documental “Mi Cuerpo, Mi Territorio”, Revista Nómadas

El fuego trajo destrucción, pero también trajo resistencia y organización. Luchar por lo común parece ser ahora una experticia de las mujeres indígenas chiquitanas. Ellas son presidentas y representantes de organizaciones de mujeres, son emprendedoras del bosque, son madres y son voceras de sus comunidades ante el Estado. Día a día, han ido reconstruyendo sus comunidades, sus hogares, sus negocios; y mientras lo hacen, reivindican su papel protagónico en el desarrollo local.

En este proceso de reconstrucción, el bosque, lo común, no es únicamente un espacio físico o un medio de subsistencia, sino un entramado de relaciones espirituales, culturales y afectivas que sostiene la vida comunitaria. El vínculo entre el cuerpo y el territorio se reivindica día a día. Por ello, reconstruir no significa solo volver a levantar viviendas o reactivar economías locales, sino recomponer un tejido social y simbólico. En este sentido, su resistencia no se limita a la supervivencia material, sino que constituye una defensa activa de la memoria colectiva y de formas de vida que desafían la lógica extractivista violenta.

Sin embargo, también es importante problematizar esta realidad. Esta tarea de reconstrucción y defensa territorial no debería recaer exclusivamente sobre ellas. Las mujeres indígenas chiquitanas continúan enfrentando la insuficiencia de políticas públicas efectivas para la prevención de incendios, la protección de territorios indígenas y el reconocimiento de sus sistemas propios de gestión ambiental. Su lucha evidencia una profunda desigualdad en la distribución de responsabilidades frente a la crisis climática: mientras ellas sostienen la vida en condiciones adversas, los actores que generan o permiten la degradación ambiental rara vez asumen las consecuencias. 

·       ¿Por qué no podemos luchar por nuestros territorios sin un enfoque de género?

En comunidades indígenas alrededor de Latinoamérica, como en la región chiquitana, las mujeres representan un pilar fundamental para el desarrollo local sostenible. Reconocer su rol en este tipo de escenarios implica también escuchar sus demandas, garantizar su participación en la toma de decisiones y cuestionar modelos extractivistas que sacrifican sus cuerpos, territorios y culturas en nombre del “crecimiento económico”.

Las violencias ejercidas por parte de industrias que buscan saquear estos territorios y someter a estas comunidades, son particularmente latentes en las mujeres. En contextos de emergencia ambiental y extrema vulnerabilidad, son ellas quienes cargan con el peso de cuestiones como garantizar el alimento en el hogar; maternar, cuidar y criar sin condiciones básicas (sin agua limpia, sin comida, sin vivienda); migrar a centros poblados y urbanos; o “proteger” a las niñas y adolescentes de situaciones de violencia física, sexual y/o psicológica.

Así, las mujeres indígenas en la Chiquitanía, en Bolivia y en toda Latinoamérica resisten desde lo común. Hacen política desde sus comunidades, se organizan, ejercen el acompañamiento y el cuidado entre ellas. Ellas ponen el cuerpo (litralmente) frente a todas las violencias extractivistas que buscan ejercen control sobre sus cuerpos y sobre sus recursos. 

Allí donde el mercado ve recursos y los Estados ven tierra disponible, las mujeres ven comunidad, historia y futuro; y en esa diferencia se juega no solo el destino de la Chiquitanía, sino la posibilidad misma de sostener la vida frente a la devastación. Sus luchas nos recuerdan que lo común no es una teoría abstracta, sino una práctica cotidiana de supervivencia y dignidad, tejida por mujeres que, incluso entre cenizas, siguen sembrando comunidad.


¿Te interesa conocer más sobre el tema? Aquí te dejamos algunas referencias que también fueron la base para la construcción de este texto:

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