¡Cuando el fútbol dejó de ser NUESTRO!
Escrito por Victoria Rodríguez Villarreal
El pasado 19 de julio, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, terminó el Mundial más grande de la historia: 39 días, 104 partidos, 16 ciudades desde Toronto hasta la Ciudad de México, 48 selecciones y miles de millones de ojos conectados.
Gianni Infantino declaró ante la ONU que el mundial había mostrado “un mensaje de un futuro de comunidad y unidad.” Sin embargo, lo que el Mundial 2026 nos ha recordado es que estamos viviendo en una desigualdad organizada, cuidadosamente sostenida por estructuras económicas, políticas y mediáticas que deciden qué vidas aparecen como parte del espectáculo y cuáles quedan fuera de él. Porque al mismo tiempo que se celebraban goles y remontadas, habitamos en una crisis climática y una crisis de derechos humanos que no son paralelas ni accidentales: están profundamente entrecruzadas. Y ambas son sistemáticamente silenciadas bajo este relato de unidad. ¿Unidad de quiénes? ¿Desde qué cuerpos y territorios se produce esa “comunidad” que se celebra en los escenarios globales? Cada megaevento deportivo vuelve a abrir la misma pregunta que rara vez aparece en los comunicados oficiales:
¿Quién sostiene esta infraestructura global de espectáculo? ¿Quién es desplazade, precarizade o expueste para que el juego continúe? ¿y quién acumula los beneficios materiales, simbólicos y financieros que producen esos mismos territorios, cuerpos y trabajos?
Desde una mirada ecofeminista y decolonial, abrimos y centramos este análisis porque lo que se presenta como “unidad global” suele estar sostenido sobre la fragmentación concreta de la vida en los territorios del Sur global, así como en las periferias dentro del Norte. Esa unidad funciona como una narrativa que ordena lo visible y lo invisible: lo que entra dentro del espectáculo y lo que queda fuera de él.
En el marco de la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026, familias buscadoras de personas desaparecidas en México realizaron jornadas de protestas en la Ciudad de México. Más información en Zona Docs!
Durante el propio torneo, en México, colectivos de familiares y organizaciones civiles denunciaron un incremento en las desapariciones de niñeces y mujeres. Este fenómeno fue vinculado con delitos como la trata de personas y la explotación sexual, crímenes que históricamente encuentran, en los grandes eventos deportivos y el turismo masivo que traen consigo, un contexto propicio para intensificarse. Los números no son abstractos. Solo entre el 11 de junio, día de arranque del Mundial, y el cierre del torneo, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas contabilizó 801 nuevos reportes de desaparición en México: 550 hombres y 251 mujeres. Michoacán, Sinaloa y la Ciudad de México, una de las sedes mundialistas, estuvieron entre las entidades con más casos en ese mismo periodo. Para cuando terminó el torneo, la cifra acumulada de personas desaparecidas y no localizadas en el país desde 1952 llegaba a más de 135.000.
Mientras eso ocurría, familiares y colectivos de búsqueda organizaron marchas, mítines y las llamadas "cascaritas por la memoria y contral el olvido," son partidos de fútbol callejero organizados por familiares y colectivos de personas desaparecidas, en distintos puntos de la Ciudad de México, aprovechando la atención internacional puesta sobre el país para visibilizar una crisis que el Estado no resuelve. Estas manifestaciones fueron acompañadas por operativos policiales para impedir que se acercaran a los estadios, y varias de las personas participantes denunciaron hostigamiento y vigilancia por parte de las autoridades. El mismo Estado que desplegaba seguridad para proteger la fiesta del fútbol desplegaba también seguridad para que esa fiesta no fuera interrumpida por el duelo. Y sin embargo, apenas la selección mexicana ganaba un partido, las calles se llenaban de celebración. Las mismas calles, las mismas fechas: un país que celebra mientras otro sigue buscando a sus desaparecides.
La “cascarita” se llevó a cabo en La Macroplaza, donde los integrantes de la selección (de los equipos) son sus seres queridos ausentes. Fotografía tomada en Nuevo León, México.
Es justamente desde esa tensión entre lo que se dice y lo que se materializa que vale la pena volver a las promesas climáticas del propio sistema que organiza este espectáculo. En noviembre de 2021, en la COP26, la FIFA firmó un compromiso formal dentro del marco "Sports for Climate Action" de Naciones Unidas: reducir sus emisiones en un 50% para 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono para 2040. Seis años después, en la práctica, este torneo, disputado en tres países, duplicó las emisiones del Mundial de Qatar 2022, que ya había sido señalado como de las ediciones más contaminantes con cerca de 9 millones de toneladas de CO2. Esta no es una falla de gestión: es la lógica misma del modelo. Y en esa misma lógica están los hydration breaks. En estadios con temperaturas extremas, y a veces incluso en estadios con aire acondicionado, la FIFA implementó pausas durante los partidos para que los jugadores beban agua y recuperen el aliento. Se presentan como una medida de salud, una adaptación necesaria a condiciones climáticas extremas que el propio calentamiento global ha intensificado. Pero las cámaras no descansan durante esas pausas. Los patrocinadores aparecen. Lo que comenzó como un protocolo de bienestar se convierte, en la práctica, en una ventana publicitaria perfectamente cronometrada.
El cambio climático, así, pasa de ser un problema que resolver a ser un contexto que monetizar: se cuida el cuerpo del jugador-mercancía mientras se invisibilizan las causas que hacen ese cuidado necesario. En los comunicados oficiales no hay menciones a combustibles fósiles, a la industria extractiva o al modelo de desarrollo que produce este calor. El síntoma se administra; la enfermedad no se nombra. Desde una mirada ecofeminista, esto no es casual: es la continuidad de una misma lógica que entiende los cuerpos y los territorios como recursos gestionables, y no como límites vivos que deben ser respetados. Es la misma racionalidad que separa vida de economía, naturaleza de infraestructura, cuidado de política. Una lógica que puede “adaptarse” a temperaturas extremas sin cuestionar por qué esas temperaturas se volvieron extremas en primer lugar. Así, lo que se presenta como innovación o gestión climática termina siendo una forma de sostener el mismo sistema que produce la crisis.
Detrás de esta medida también hay una disputa comercial entre la FIFA y sus patrocinadores, que culminó en un acuerdo con Coca-Cola vigente hasta 2030, valorado en unos 400 millones de dólares. En marzo de 2026, la FIFA autorizó que las pausas de hidratación se utilizaran también como espacios publicitarios en las transmisiones, convirtiendo una medida de protección frente al calor extremo en una nueva oportunidad de negocio.
Fotografía tomada en Atlanta, Georgia, Estados Unidos.
Y en ese gesto, lo que queda claro no es solo la ausencia de responsabilidad, sino algo más profundo: que el colapso no es un accidente dentro del modelo, sino una condición que el modelo aprende a administrar para seguir existiendo. Esta lógica extractivista con el planeta tiene su espejo en la propia gobernanza del fútbol. Apenas once días después de la final entre España y Argentina, Infantino avanzó con su siguiente jugada: la creación de la FIFA Forward Enterprise (FFE), una compañía que concentraría la venta de derechos audiovisuales, patrocinios, licencias y entradas de los Mundiales masculinos, femeninos, juveniles y de clubes. El plan contempla transferir entre un 20% y un 30% del capital de esa nueva sociedad a inversores privados, a cambio de unos 4.200 millones de dólares. Para convencer a las 211 federaciones que deben aprobar el proyecto, Infantino ofrece hasta 40 millones de dólares a cada una que participe del esquema: la lealtad institucional, comprada con la promesa de un reparto mayor de las ganancias. La FIFA sostiene que conservará el control exclusivo sobre el gobierno del fútbol, el calendario y las decisiones deportivas, y que la FFE solo administraría el negocio. Pero separar "lo comercial" de "lo deportivo" sugiere que el juego puede seguir siendo del pueblo mientras su valor de cambio ya no le pertenece a nadie más que a un grupo de fondos de inversión. Aunque este intento no funcionó plenamente por resistencias institucionales, no es un hecho menor ni aislado: esto marca el momento de una fase de reconfiguración del fútbol como infraestructura de acumulación orientada al 1%.

